ONIROMANÍA.

Flamante deidad. Reciente y excitante numen. Puede que Oniria me jugase un mal lance. Dulce e irresistible jugada. Personificada. Incorporada.

Tras un ciclo contrario, adverso, circulatorio, alternativo, y, a la vez, fijo, resulta irreprimible insistir en que se trata de una nueva trastada de Oniria. Aunque quisiera seguir abriendo mis ojos, hiriendo a mi fase REM, a mis no-delirios, caería en la cuenta de que se trata de una verdad perpleja. Ante mi razón, método y ambición.

Ante todo, sí admito haber soñado con hacer de una realidad tan idéntica a mis sueños, de ella una catástrofe. Y todo, por sólo darle algo de realidad, realidad mundana, al asunto.

¿Qué espero?

Todo es tan imperfecto, tan imprevisible cuando más lo esperas, tan contrario, que cuando lo más ínfimo actúa acorde con tus deseos, tus afanes oníricos, tu máquina neuronal chispea, te agota, te tortura con sueños contrarios a los de siempre. Se han invertido los papeles.

Tu sustantividad se muda al piso de lo completo, impecable, irreal. Tu narcosis se confina en el sótano de lo incompleto, defectuoso, totalmente real. Confusión reversible. Reversible en manos de una mala jugada de Oniria. O la mejor jugada en la que me ha retado jamás.

Siempre que confunda la objetividad con un una maravillosa ensoñación, puedo comenzar a comprender el idealismo trivial.

Quizás esté soñando despierta. Quizás estemos soñando despiertos. Quizás no despertemos en sueños.

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