AFÓNICO CHASQUIDO.

Tres, dos, uno.

Cero. Silencio. Sigilo. Misterio.

Prueba de una declaración reveladora. En este trance musical. En esta oportunidad en la que sólo te acompaña la insignia más valiosa del arte. El no-ruido para algunos, el vacío para otros, la integridad para la materia gris que me completa en mi sólida imperfección.

Comprobación de la improvisación e irreflexión crítica mortal. Perecedera. Romper la totalidad con simples morfemas y ecos de cuerdas vocales. Cuerdas creadas para averiar el convoy, para interrumpir el fin de su trayecto. El de una manifestación discreta, silente. La más descollante, crucial, soberbia.

Soberbia.

La altivez fantaseada por los que cascan un segundo de esplendor. Pero qué escultural y fina expresión.

La expresión de la inexpresión, la manifestación de lo indefinible, aprecio de lo no-verbal, lo no-aprendido, lo no-enseñado. Dejarse llevar. En un instante de mutismo.

Qué asequible una instrucción en la que transigir exaltación. Temor por callar indómitos rugidos.

Y a la vez, qué afanoso reverenciar el efímero silencio.

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